En este artículo, la Dra. Mariela Eleonora Zabala – FFyH, UNC– y la Dra. Elida Tedesco – FCSH, UASLP– contextualizan la historia, el proceso de construcción y los usos de la Casa de nuestro Museo.  Construida a principio del siglo XX, en un entorno de ideas modernizantes, fue habitada por diferentes familias pertenecientes a los sectores altos de la sociedad cordobesa hasta que en los 70 fue adquirida por la Universidad Nacional de Córdoba.

 

Casa-Museo: Cambios, personajes e ideas de la vida moderna en Córdoba

La Casa del Museo fue emplazada en un nuevo espacio urbano que pretendía con sus viviendas de estilo europeizante, sus anchas calles y sus parques diferenciarse de la ciudad “vieja”. Más tarde, guardó a otras familias y, a partir de la década del setenta, a instituciones universitarias. Hoy, alberga a diversos colectivos humanos, pasados y presentes, que narran sus modos de vida a través de la cultura material y sus cuerpos. Sobre los colectivos pasados, son lxs arqueólogxs, antropólogxs, bioantropólogxs y bioarqueólogxs, junto con lxs descendientes, quienes reconstruyen esos modos de vida. Este trabajo busca reconstruir el proceso histórico en el cual se enmarca la edificación de la casa, las circunstancias culturales, sociales, económicas y políticas ocurridas en la ciudad de Córdoba a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Dicho análisis, tiene por fin reconocer el valor histórico de la vivienda como objeto representativo de ese período histórico, rescatando su ubicación en el barrio Nueva Córdoba, su función cotidiana, buscando lo original y lo particular que la caracteriza para lograr erigirla en referencia y soporte de la memoria colectiva de la cultura cordobesa. Tarea que adquiere importancia al considerar que son pocas las construcciones particulares que se conservan de ese momento de modernización de la ciudad.

Para lograr nuestro objetivo hemos realizado una síntesis de investigaciones historiográficas referidas al proceso de modernización, a los cambios económicos, urbanos y culturales de la sociedad cordobesa. También, hemos analizado publicaciones y documentos contemporáneos. Otra fuente de mucha riqueza han sido las entrevistas que realizamos a algunxs habitantes de la casa y a amigxs cercanxs a ellxs, quienes nos han brindado generosamente sus recuerdos.

 

La ciudad moderna

Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, la Córdoba pre-moderna dio lugar a la Córdoba de la modernización. Las transformaciones impulsadas por la inmigración europea y por los beneficios derivados de la inserción de la provincia en la expansión agro-exportadora fueron múltiples y profundas. La ciudad fue modificada, tanto en sus aspectos visuales como espaciales, con el trazado de nuevos barrios y la construcción de puentes, plazas y parques promovidos por una elite dirigente influenciada por una concepción modernizadora del espacio público. Además, se produjeron transformaciones en las costumbres, en la sociabilidad y en las formas de privacidad a partir de nuevos valores sobre “lo de moda”, “lo correcto” o “lo elegante”. La ciencia moderna fue introducida a través de la fundación de instituciones científicas como el Observatorio Astronómico (1870), la Academia Nacional de Ciencias (1874), el Museo Antropológico y Paleontológico de la Universidad Nacional de Córdoba (1885) y, de los adelantos tecnológicos (ferrocarriles, telégrafo, teléfono, alumbrado, tranvías).

Con estos cambios, Córdoba participaba en el proceso de modernización del país, desarrollado en un marco de crecimiento económico internacional, y de innovaciones sociales y culturales concomitantes.

 

Algunas transformaciones de la economía internacional y los cambios en el ámbito, cultural y científico

A partir de 1870, la economía mundial creció y se transformó. Fue la época en que el sector industrial se expandió desde Gran Bretaña y Francia al resto de Europa, a Norteamérica y a Japón. Asia, África y Latinoamérica constituían la periferia, que se integró al mercado internacional como productora de materias primas para la industria (petróleo, caucho y metales no férricos) y de productos alimenticios para la población de los países industrializados. Al mismo tiempo, la competencia de los productos alimenticios importados, provocaron la decadencia de la agricultura europea y el desempleo de lxs trabajadorxs agrícolas. La válvula de seguridad de esta situación fue la emigración masiva en países como Italia, España, Austria, Hungría, Rusia y los Balcanes con destino a América (Hobsbawn, 1990:50-53).

En el ámbito científico, en los países centrales, la visión positivista[1] dominante marcaba el rumbo de los avances en las ciencias naturales y en las ciencias sociales, el número de instituciones científicas (universidades, academias, laboratorios, fundaciones) y de personas dedicadas al estudio y la investigación crecía de manera notable. Paralelamente, las innovaciones resultantes del desarrollo científico alcanzaron a amplios sectores sociales.

La antropología, ciencia base del Museo, nacía como disciplina científica en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, imbuida en una coyuntura donde convergían dos procesos: por un lado, se producía la expansión planetaria de una sola civilización en la que se conjugaban nacionalismo y militarismo, misión cristiana y racismo, expansión capitalista de los mercados y las materias primas, y el afán de inventariar el globo terráqueo; por el otro, la hegemonía de un único tipo de conocimiento sustentado en una organización social específica y en el consenso de sus miembros acerca del modo de producir conocimientos (Krotz, 1993).

Lo que se buscaba era el “eslabón perdido”, el homínido que haría puente entre los monos y lxs seres humanxs, y éste podía estar en cualquier punto del globo, entre ellos, Sudamérica (Laguens y Bonnin, 2009: 10).

En la búsqueda de cientificidad de sus prácticas y teorías, la antropología se sumó a las ciencias naturales que hacían “trabajo de campo o estudios de campo” como la geología, la zoología, la botánica, la astronomía y la paleontología. Lxs estudiosxs de estas disciplinas, exceptuando a lxs astrónomxs, se desplazaban físicamente a otros territorios para encontrarse con “los otros” que eran su objeto de estudio. En el “campo” observaban, guardaban registro exhaustivamente en sus cuadernos de viaje y, en la medida de lo posible, llevaban elementos de la cultura material que visitaban a sus lugares de origen, incluso seres humanxs para ser estudiadxs en sus gabinetes o laboratorios. Estos “objetos” pasaron a conformar las colecciones de referencia de los grandes museos del mundo occidental, los jardines botánicos, zoológicos, archivos, bibliotecas y laboratorios (Visacovsky y Guber, 2002).

Los avances médicos, los progresos en la higiene pública, las mejoras en las comunicaciones e invenciones como el automóvil, la electricidad o el teléfono transformaron las condiciones de vida de la población (Hobsbawn, 1990:259).

En el campo del arte, el incremento de la riqueza de la clase media urbana y del número de “individuos cultos” en algunos sectores de la clase obrera aseguraron la ebullición de la creación artística. Los teatros se multiplicaron notablemente, el cine inició su crecimiento en un mercado lucrativo de entretenimiento, las reproducciones en masa de las obras de grandes maestros de la pintura se editaron con éxito, la prensa escrita se desarrolló extraordinariamente y apareció la industria de la publicidad como una nueva forma de arte visual (grandes anuncios en las publicaciones periódicas, los carteles en la vía pública, mezclas de imágenes y textos). Asimismo, las actividades culturales se transformaron en un indicador de status[2]. Las clases más acomodadas se hacían retratar con artistas “célebres” y encargaban a lxs arquitectxs de moda el diseño de sus casas. El arte simbolizaba también objetivos y logros políticos de los diferentes Estados, ocupando a lxs arquitectxs en el diseño de los nuevos trazados urbanos, los palacios públicos, las grandes estaciones de ferrocarril o los monumentos gigantescos al orgullo nacional como la Torre Eiffel o los rascacielos norteamericanos, y a lxs escultorxs en la realización de las estatuas públicas que adornaban plazas y paseos (Hobsbawn, 1990:223).

Argentina, dentro del conjunto de repúblicas latinoamericanas integradas al comercio internacional como exportadoras de productos primarios, se convirtió en la más dinámica y opulenta. Políticamente consiguió controlar los conflictos interregionales posindependentistas para formar un Estado Nacional que adquirió una indiscutida autoridad en toda la República. En el plano económico, la incipiente vinculación con el mercado internacional de la primera mitad del siglo XIX se transformó en una incorporación más plena alcanzando la exportación de lana, cereales y carnes en una escala sin precedentes. Sin embargo, al mismo tiempo, como especializada en productos primarios, adquirió una creciente vulnerabilidad a las fluctuaciones de la demanda y los precios internacionales. Las inversiones británicas en el país financiaron una densa red de ferrocarriles que reemplazó al viejo sistema de transporte de carretas de bueyes y mulas revolucionando la producción y el comercio (Rock, 1985:166-167).

“El cambio social concomitante fue de similar magnitud. El primer censo nacional, de 1869, reveló un país en el que cuatro quintos de la población eran analfabetos y vivían en ranchos de barro y paja. Veinte años más tarde, aunque las condiciones variaban según las regiones, en algunas zonas, la educación, la vivienda y el nivel de consumo eran comparables con las partes más avanzadas del mundo”

(Rock, 1985:166)

Entre 1870 y 1914 llegaron a la Argentina alrededor de seis millones de personas de las cuales aproximadamente la mitad se asentó en forma permanente. En 1914 casi un tercio de la población del país (29,85%) había nacido en el extranjero, siendo lxs italianxs y españolxs casi un 80% de ese total. De tal forma que, hacia el cambio de siglo, Argentina se había convertido en una sociedad de inmigrantes “blancos” y de grandes ciudades (Zimmermann, 1995:12). A medida que la ciudad se expandía las compañías británicas construían líneas de tranvías y se establecían servicios de gas y electricidad. Fue entonces cuando Buenos Aires construyó sus avenidas, sus parques y muchas de sus grandes mansiones (Rock, 1985:230).

Además, se produjo la entrada de la Argentina “en el campo de la influencia de la ciencia moderna y de los adelantos técnicos y tecnológicos asociados”. El Estado apoyó la modernización tecnológica y las políticas de promoción de la actividad científica y de la educación. Fue la inmigración, “ese conjunto humano heterogéneo (…) portador de múltiples idiomas, dialectos y costumbres de regiones europeas distintas” la que planteó al Estado y a sus dirigentes el desafío de disolver esas diferencias creando en una identidad nacional a través de la educación elemental, la escuela media, la educación superior y la expansión de la estructura científica (Tognetti, 2000a: 99-102). Destacándose en este último caso la incorporación de la ciencia moderna a las universidades[3], tanto en las aulas como en los museos, la subvención a expediciones destinadas a conocer el país (su geografía, de su flora y fauna, lxs habitantes aborígenes y lxs nuevxs pobladorxs, sus necesidades y problemas económicos y sociales) y la publicación, de estos relevamientos en ediciones lujosas. Otra señal de esta voluntad estatal de apoyo fue la fundación de instituciones científicas como la Sociedad Científica Argentina (1872), Observatorio Astronómico de Buenos Aires (1882) y el Museo de Ciencias Nacionales (1884). Los resultados de esta acción estatal fueron “un conjunto de transformaciones de muy perdurable alcance en las prácticas científicas”. “Por un lado, la progresiva vinculación de la enseñanza del conocimiento con la reproducción local de sus métodos investigativos, y por otro, los comienzos de una investigación original realizada en suelo argentino: una investigación que no se detenía ya en reproducir, simplemente, los resultados logrados en otros países, sino que propendía a producir localmente conocimientos enteramente nuevos” (Myers, 1997:6-7).

En resumen, en las últimas décadas del siglo XIX la economía argentina se desarrolla al compás de la demanda de materias primas de los países industrializados. Al mismo tiempo, nuestro país se convierte en receptora de población inmigrante y de capitales extranjeros que favorecieron el proceso de modernización del país. Los cambios que se dieron en este proceso tuvieron como escenario no sólo a Buenos Aires sino también a las provincias del interior y una de ellas fue Córdoba.


[1]Positivismo: posición de la filosofía de las ciencias basada en la experiencia y el conocimiento empírico de los fenómenos naturales, en el que la metafísica y la teología se consideran sistemas de conocimiento imperfectos e inadecuados.

[2]La clase media más rica, encontraba símbolos concretos para expresar sus aspiraciones, “como ocurrió con el piano que, accesible desde el punto de vista económico gracias a las compras a plazos, penetró en los salones de las casas de los empleados y de los trabajadores mejor pagos” (Hobsbawn, 1990:223).

[3]Este proyecto fue exitoso en el caso de la Universidad de Buenos Aires que inauguró, en 1863, un Departamento de Ciencias Exactas y de la Universidad de la Plata que, en 1905, fue nacionalizada bajo la forma de una “moderna institución científica de inspiración germana”. En el caso Córdoba la iniciativa de Domingo Faustino Sarmiento de hacer de la Universidad local una institución científica moderna se frustró por la oposición de los sectores católicos a los presupuestos científicos de la nueva tecnología (Myers, 1997:5-7).

 

Córdoba: los cambios en la trama urbana

La cuadrícula de la Córdoba colonial fue delineada, como en la mayoría de las ciudades fundadas por españoles en América, como una red ortogonal con la plaza como centro. Comprendiendo “diez cuadras de este a oeste por siete de norte a sur, delimitadas por la ronda, actuales calles Santa Rosa/Lima, Santiago del Estero/Paraná, Bv. Illia/San Juan y Bolívar/Jujuy” (Boixados, 2000:156). Hasta finales de la década de 1860 la ciudad de Córdoba conservó casi sin modificaciones este entramado, encajonada dentro de los límites que le imponían las barrancas, el río y la cañada. Esta singularidad fue descrita por un observador de la ciudad en el año 1873:

“(Córdoba) se levanta serena, tranquila, circunspecta, como el espíritu de los hombres consagrados a un fin serio, del fondo de un hoyo inmediatamente, circunscrita en norte oriente y sud, por un relieve bastante elevado de la pampa. El occidente yace en llano. Límite de él, la sierra. El río Primero ciñe en unos puntos las barrancas. La Cañada (…) penetra en la ciudad”[1]

(Citado en Boixados, 2000:156).

En esta cuadrícula las edificaciones más importantes eran las iglesias y los conventos. Mientras que las casas particulares eran básicamente ranchos y casas de una planta con azotea[2].

A finales de la década de 1870, comenzaron a realizarse significativas modificaciones que ampliaron la trama urbana colonial. Este proceso fue impulsado por la elite dirigente de Córdoba que, estrechamente relacionada con el gobierno nacional, “se embarcó en un trascendente proyecto de modernización[3] de la ciudad, favorecido y alimentado por el endeudamiento externo” (Boixados, 2000:17). Estos cambios urbanos fueron planificados en el marco de una nueva inserción económica – política de la provincia facilitada por las líneas ferroviarias[4] y acompañados por la afluencia de la población inmigrante extranjera[5]. Las modificaciones urbanas se enmarcaron en las concepciones de Faustino Sarmiento acerca de la necesidad de romper con la ciudad “vieja”, identificada con las pervivencias tradicionales de la “imprevisión” y la “incultura” española (Gorelik, 1998:29).

Este proceso de urbanización no fue lineal, estuvo determinado por los vaivenes económicos internacionales que afectaron los ingresos por exportaciones y las posibilidades de acceso a créditos en el extranjero.

La expansión de la ciudad tampoco fue uniforme hacia todos sus puntos. Se inició primero en dirección este, hacia donde se encontraban los talleres, depósitos y estación ferroviaria del Central Argentino, con dos pueblos-barrios, General Paz y San Vicente. En las décadas siguientes se incorporarían al espacio urbano hacia el norte, Alta Córdoba, Villa Rodríguez del Busto, Pueblo San Martín, Villa Cabrera, Villa Páez, Marechal, Argüello; hacia el oeste, Pueblo La Toma y hacia el sur, la Ciudad Nueva, el barrio de Nueva Córdoba. En este último caso, superando el borde que significaban las barrancas y proyectado a semejanza de los modernos espacios parisinos diseñados por el Barón de Haussman[6].

El barrio de Nueva Córdoba fue planificado por Miguel Crisol en el año 1886. Este acaudalado empresario concertó con el Estado provincial realizar obras urbanísticas en las tierras ubicadas al sur de la ciudad. Lo “nuevo”, lo que hizo peculiar al barrio, fue la innovación del sistema radial, el boulevard y los espacios verdes con que fue diseñado (Luque Colombres, 1987:7; Boixados, 2000:164). Estos elementos renovadores fueron remarcados en el diario El Interior del 15 de octubre de 1886:

“Cuando las barrancas hayan cedido su plaza a los palacios, cuando tengan una ciudad formada con pavimentación de adoquines; con vastos parques, anchas avenidas, espaciosos bulevares y paseos públicos, allí donde hay ahora una inmensa ranchería sucia, foco de todas las epidemias, donde hay basurales de dos cuadras que atentan contra la higiene; donde hay una extensión improductiva, seca, árida, inútil para todo…”

(Citado en Boixados, 2000:189)

En este barrio, no se buscó repetir las construcciones de la ciudad “vieja” con sus casas bajas de azoteas planas, sino que se pensó como un nuevo espacio residencial para los sectores de clase alta, con amplias viviendas de estilo europeo y contemplando condiciones de higiene y salud.

El proyecto comenzó con la ejecución del trazado de las calles, pero la crisis económico-financiera del año 1890 provocó la bancarrota de Crisol y la consecuente interrupción de las obras. Recién a fines de la década del 90, fue cuando el gobierno asumió la prosecución de las obras de adoquinamiento, desagües e iluminación y se reiniciaron las ventas a particulares de los terrenos. A inicios del siglo XX, fueron construidas las primeras viviendas. Los servicios públicos que ofrecía a sus moradores Nueva Córdoba lo diferenciaban del resto de los barrios de la ciudad. Estos eran luz eléctrica, agua potable y corriente, calles empedradas y espacios verdes de recreación (Luque Colombres, 1987:48-49 y Boixados, 2000:102-103).


[1]El Eco de Córdoba, 29 de noviembre de 1873.

[2]Según el censo de 1869, de un total de 4.989 viviendas emplazadas en la ciudad de Córdoba, el 57% eran de barro y paja, el 43% eran casas de azotea y de éstas últimas sólo el 3% tenían más de una planta (Boixados y Carbonetti, 1999:5-6).

[3]A esta modernización, Waldo Ansaldi la caracteriza como provinciana o trunca por sus limitaciones.

[4]En 1870 se inauguró la línea de ferrocarril que unía Rosario con Córdoba (Boixados, 2000:17).

[5]La población de la ciudad creció de 34.458 habitantes en 1869 a 135.935 en 1914 (Valdemarca, 1997:223).

[6]Los elementos preferentes en el urbanismo de Haussman (1809-1891) fueron la presencia de parques públicos y los bulevares largos y anchos articulados mediante plazas circulares. Sus propuestas ejercieron una enorme influencia en el planeamiento urbanístico del resto de Europa, Latinoamérica y las colonias francesas de ultramar (Enciclopedia Microsoft Encarta 2000). Haussman fue quien ideó el modelo de industria- ciudad con la función de ser un medio eficaz para la producción y circulación de mercadería destinada a la construcción urbana. Asimismo, él inventó la casa burguesa como mercancía inmueble (Gorelik, 1998:21).

Acompañando el proceso de urbanización de la ciudad, aparecieron nuevas construcciones públicas y privadas. En el centro de la ciudad, las edificaciones públicas que se destacaron fueron el teatro Rivera Indarte[1], la sede del Banco Provincia, y las nuevas mansiones particulares que contrastaban con las casas de origen colonial por sus estilos afrancesados e italianizantes.

En los barrios, los teatros, los parques, los hipódromos y los clubes de deportes que se construyeron servían, como señala Ansaldi para que la gente se mostrase, se viese y se hiciera ver. El primer teatro que se construyó fue en el año 1877, en el centro, y se llamó Progreso, como por efecto dominó diez años más tarde, en San Vicente se levantó el Edén, y en 1889 General Paz tuvo el propio llamado el Argentino. Esta última sala, en 1906 proyectó la primera película que se vio en esta ciudad, Un Viaje a la luna (Ansaldi, 1998:12-13).

Los proyectos urbanizadores de la elite dirigente, unidos al crecimiento económico, permitieron concretar los profundos cambios que se efectuaron en el trazado de la ciudad pre-moderna, como también en el tendido de los servicios públicos y la construcción de nuevas edificaciones tanto públicas como privadas. Cambios que fueron acompañados por transformaciones en las costumbres de la población y la introducción de la ciencia moderna.


[1]Este teatro fue obra de Francesco Tamburini, su inauguración se realizó en 1892. Ansaldi, 1997:25.

 

Cambios en las costumbres, la sociabilidad y las formas de privacidad

En la “Argentina criolla”, la sociedad estaba dividida entre la “gente decente” y lxs demás. En la sociedad que emerge de la expansión agroexportadora y del aluvión inmigratorio aparece el problema de la ubicación social de los diferentes sectores. Cada grupo busca autoidentificarse con ciertos referentes. En los sectores altos y la clase media, nutrida por lxs inmigrantes, el proceso de construcción de jerarquías sociales se hizo visible en el campo cultural a través del establecimiento de la idea de lo que era bello, de lo elegante, de lo limpio, los buenos modales y del lenguaje; en el campo social, en las redes familiares y en las alianzas sociales que entablaban, por ejemplo a través del matrimonio[1]; y por último, en el campo material, por los productos que consumían, la forma en que vestían, el barrio en que tenían emplazada su vivienda y por los lugares públicos a los que asistían (Míguez, 1999:22; Devoto y Madero, 1999:7-11). Éste era el modo que tenían estos grupos sociales de autodefinirse y de diferenciarse de los otros. Otros, “innumerables pobladores”, que vivían “en rancherías sucias y hacinadas”, en las zonas periféricas del casco céntrico y sin servicios[2].

En este proceso de diferenciación social se gestó una nueva definición y delimitación de estos espacios. En el ámbito privado, empezaban a cambiar los usos y funciones que tenía la casa-residencia de los sectores altos y medios. Ahora, la vivienda adquiría un fuerte papel simbólico en relación a sus dimensiones, a la distinción de su decoración y al prestigio de su mobiliario, lo que iba acompañado por su cerrazón hacia el exterior que la convertía en un espacio más privado. Gracias a la disponibilidad de suficientes recursos económicos la casa albergaba solo a una familia nuclear y si tuviesen, a la servidumbre.

La casa-residencia también dejaba de ser el lugar de trabajo, como era hasta el censo de 1869[3], constituyéndose en un ámbito más privado y de la familia. Erradicado el espacio laboral de la casa, se comenzó a exaltar la función de la mujer-madre de su hogar en detrimento del rol de la mujer trabajadora (Míguez, 1999:40). Al respecto el diario El Eco de Córdoba publicó el 29 de junio de 1872 la siguiente opinión:

“(el hogar) le necesita (a la mujer) para trabajar en las más prosaicas tareas de la casa, a fin de que no falte a su familia la decencia, lujo de las fortunas modernas, o la limpieza, lujo de la desgracia; la necesidad para educar a sus hijos, para consolar a su marido si sufre; para alegrar los últimos días de sus ancianos padres: éste es el valor, ésta la hermosa ciencia de la mujer, y no la que pueda hallar en las aulas, o el que pueda desplegar en los combates

(Citado en Boixados y Carbonetti, 1999:14)

La “puerta” de la casa-residencia marcaba la primera delimitación material del mundo exterior y del interior, de lo que pertenecía al ámbito privado y al público. Por esta razón, fue que la edificación de estas viviendas se compactó, el “pasillo” indicaba la unión y la articulación de las partes de la casa. La “sala” era el lugar de la casa destinada a las visitas e invitados en el cual la vida íntima de la familia se conjugaba con la vida pública. En el otro extremo estaba el dormitorio, espacio de mayor privacidad de la persona, que se distingue, a comienzo de siglo, por la separación entre niñxs y adultxs. De a poco y lentamente, en los sectores de elite la casa especializó sus espacios diferenciándolos por funciones y usos (Llemur, 1999:108 y 100.).

Ahora las reuniones sociales dejaron de tener como único lugar la casa y se desplazaron a otros espacios cerrados como eran los clubes, los círculos, las asociaciones, las asociaciones de socorro mutuo y los cafés, entre otros, y hacia los espacios abiertos, como el parque. La vida social tenía de esta manera un tiempo distinto al de la vida doméstica, dado por el cambio de espacio. Las convocatorias a estos eventos se diferenciaban por género, por sectores sociales y, en el caso de lxs inmigrantes, por su lugar de origen (Devoto y Madero, 1999:12).

En la vida pública, se desarrollaron nuevos espacios de sociabilidad como eran los centros destinados a prácticas de disciplinas deportivas, en el marco de una valoración de los cuerpos humanos. Éste es el caso de los hipódromos que se construyeron en General Paz en el año 1875 y en San Vicente años después (1880). En torno al juego del fútbol surgieron varios clubes, entre los que mencionamos Belgrano (1905), Universitario (1907) y Argentino Peñarol (1908). El club más antiguo de la ciudad nació en General Paz y se llamó Córdoba Athletic Club (1883), y su peculiaridad era que en él se podían practicar variados deportes como eran el tenis, el fútbol y el atletismo (Ansaldi, 1997:18). Sus fundadores fueron empleadxs inglesxs que habían venido a construir el ramal del ferrocarril que unía Rosario con Córdoba, pasando por Bell Ville y Villa María.

Con la función de equilibrar ambientalmente la ciudad, asegurándole higiene, salubridad y como nuevos lugares de esparcimiento fueron diseñados y construidos los parques públicos. Las teorías higienistas de la época predicaban, para un mejor vivir del ser humano, la necesidad de espacios de aire libre, soleados, limpios y alejados de los ruidos de la ciudad (Gorelik, 1998:58).

El Parque Elisa (hoy Las Heras) fue el primer parque público de la ciudad, diseñado por iniciativa del gobierno provincial e inaugurado en 1889 por su gobernador Marcos Juárez. En él se podían desarrollar distintas actividades como era la recreación a través de paseos, el ciclismo, la natación y las regatas. Este espacio verde fue pista de la primera carrera de bicicletas corrida en el año 1896 y en él se construyó, en el año 1895, el Lago de Regata General Manuel Belgrano, embalsando el agua del río mediante murallón. A raíz de las numerosas críticas, que la falta de limpieza del agua suscitaba, el murallón fue dinamitado el 22 de enero de 1904 (Ansaldi, 1997:15).

El conocido Parque Sarmiento fue pensado en 1886, por Crisol como parte del proyecto de la Ciudad Nueva. Tres años más tarde, la idea fue plasmada en un diseño que realizó el arquitecto francés Carlos Thay pero no se logró su concreción por la crisis de 1890. Finalmente, en 1906 el gobierno provincial asumió los costos para la construcción del parque y se dio comienzo a la construcción de los canales y estanques que proveerían de agua a las plantas que se colocarían y el lago que se hallaba proyectado. Hasta 1911 el parque careció de nombre, siendo en ocasión del centenario del natalicio de Domingo Faustino Sarmiento en que se le dio la denominación de Parque Sarmiento (Luque Colombres, 1987:52-73).

A partir de la construcción del lago el parque se convirtió en un lugar de paseo, distracción y encuentro. En la época los periódicos lo reflejaban como el espacio en el cual

“… algunas de nuestras familias están introduciendo la plausible costumbre de ir a pasear por las lindas avenidas del Lago Crisol y sus pintorescos jardines. Todas las tardes los vemos ir en automóviles o carruajes que se dirigen al parque de la Nueva Córdoba, en busca del aire puro que allí se respira”

(La Voz del Interior, 17 de enero de 1906, citado en Ansaldi, 1997:13)

Otros espacios construidos bajo las ideas de salubridad, estética y de sociabilidad, en la Córdoba modernizada fueron las plazas. Estos lugares se localizaron tanto en el centro (plaza General Paz y hoy ex-plaza Vélez Sársfield), como en los nuevos barrios. Con la particularidad que en Pueblo San Vicente (Paseo San Gavier, hoy plaza Lavalle) y General Paz (con el nombre homónimo) estos espacios fueron contemplados al momento de lotearse los terrenos. Allí se daban cita los vecinos por las tardes (Boixados, 2000:182-183; Ansaldi, 1997:13).

Al mismo tiempo, se diversificaba la oferta en el arte, los espectáculos, los deportes y los paseos al aire libre. Sin embargo, los sectores subalternos mantenían sus costumbres como era el asistir al almacén-boliche o a la riña de gallos. Este lugar era visitado por varones que se acercaban a jugar a los naipes a beber alguna “copita”, y por mujeres para abastecerse de alimentos.

El corso de carnaval tenía como escenario la calle, pero ahora en él se mezclaban los sectores altos con los bajos de la ciudad logrando ser un “desfile y baile para todos”. Destacándose entre los realizados en los diferentes sectores de la ciudad los corsos sanvicentinos, “la gente del centro” los prefería “antes que quedarse a morirse de aburrimiento” en sus propios corsos (Ansaldi, 1997:20).

La ropa era otro espacio de diferenciación de los sectores sociales. Los sectores altos se guiaban por los patrones de moda, especialmente la parisina. Para las mujeres se imponían los vestidos lagos que escondían el cuerpo desde el cuello hasta los pies, que acentúan la cintura y el busto y los sombreros de diseño complicado eran de rigor. En el caso de los varones “levitas, jaquets, cuello palomita, chaleco, corbata plastrón con alfiler son parte obligada de la indumentaria, complementada con galera de felpa y bastón de madera o caña con puño de oro, plata o marfil” (Ansaldi, 1997: 26-27).

En síntesis, la Córdoba de la modernización expandió su trama urbana por un proyecto de la elite dirigente y gracias a los nuevos capitales. Esta expansión se materializó en el trazado de nuevos barrios, en el tendido de nuevos servicios y en la construcción de nuevos espacios públicos. Además, una nueva concepción sobre lo público y lo privado determinó la diferenciación en el uso de los espacios. La casa-residencia fue transformada en un espacio más privado, privilegiado para el uso de la familia nuclear. La sociabilidad tuvo nuevos espacios como los teatros, los cafés, los clubes, las plazas y los parques.


[1]En Córdoba, las uniones matrimoniales de los sectores altos tendían a emparentar individuos de familias que desarrollaban el mismo oficio y en algunos casos procedían del mismo país. Converso (2000:48) señala estas prácticas como endogámicas en cuanto a la profesión y región de origen.

[2]Intendente Luis Revol, Diario El Interior, 27 de junio de 1887, citado en Boixados, 2000:179.

[3]Según el análisis de Boixados y Carbonetti (1999) las cartillas censales de 1869 denuncian que “la vivienda era compartida por el propietario de un negocio o establecimiento artesanal junto con sus empleados o bien por el dueño de una casa con el personal de servicio que ocupaban las habitaciones del último patio” (Boixados y Carbonetti, 1999:6).

 

La introducción de la ciencia moderna: los estudios antropológicos

La modernidad ha sido caracterizada, entre otros aspectos, por una racionalidad intelectual laica, teórica y práctica, basada en la experimentación como manera de demostrar las verdades sobre las visiones de mundo y, también, acerca del modo de vida de las sociedades pasadas y contemporáneas. Esta nueva forma de conocer y explicar el mundo significó para las religiones el desplazamiento de sus verdades reveladas hacia el dominio de lo irracional por parte del colectivo intelectual insurgente (Weber, 1921).

Este período incluía el conocimiento científico como uno de sus atributos (Ansaldi, 1997:10). En Córdoba, las innovaciones más significativas en este sentido fueron la realización de la “Exposición Nacional de Córdoba” de 1871 y la instalación de destacadas instituciones científicas propulsadas por el presidente Sarmiento. La Exposición Nacional constituyó “la primera iniciativa oficial tendiente a impulsar el movimiento industrial y agrario del país. Esta ciudad competía en la misma con los productos de su artesanado rural y urbano: tejidos, vegetales, dulces regionales, cueros curtidos, entre otros” (Boixados y. Carbonetti, 1999:3).

Mientras, en torno a la Academia Nacional de Ciencias, el Observatorio Astronómico y la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas se gestó un núcleo de producción en ciencias naturales que alcanzó gravitación nacional (Tognetti, 2000:99). Luego, se agregaron la Facultad de Medicina y los museos de Mineralogía y Geología, de Botánica, de Zoología, de Anatomía y de Higiene (Ansaldi, 1997:10). La contratación de investigadores extranjeros y el desarrollo del estudio sistemático por parte de lxs intelectuales locales otorgaron prestigio a estos institutos científicos y convirtió a la ciudad en un referente cultural de primer orden (Tognetti, 2000:99-101).

Las investigaciones en arqueología, etnología y lingüística se impulsaban y desarrollaban principalmente desde la Academia Nacional de Ciencias. Las grandes preguntas eran conocer el origen, evolución y antigüedad de la “especie humana”; las lenguas “nativas” y la historia de los pueblos “nativos”. Las investigaciones arqueológicas seguían la teoría y la metodología de las ciencias naturales, y las otras, la historia basadas en documentos escritos. Estos temas eran de interés académico internacional y las indagaciones arqueológicas formaron parte de la búsqueda de una identidad nacional (Laguens y Bonnin, 2009).

En las primeras décadas del siglo XX comienza sus investigaciones etnológicas, lingüísticas e históricas el puntano y sacerdote Pablo Cabrera (1857-1933) radicado en Córdoba por sus tareas pastorales.

La rebelión laica estudiantil de 1918, llamada Reforma Universitaria, puso públicamente en cuestión la hegemonía de la élite académica en la Universidad. Lxs estudiantes exigían un proceso de renovación y democratización que contemplaba concursos docentes destinados a excluir de la autoridad, la administración y el cuerpo docente a lxs católicxs y conservadorxs, en beneficio de profesorxs “más capaces y dignos” en nombre de “la idoneidad”, “la justicia” y “la libertad” (Aguiar, 2008 y Requena 2008). Además se crearon nuevos espacios curriculares, cursos libres, conferencias o lecciones sobre cualquiera de las “asignaturas” para todxs lxs alumnxs de la casa, y podían dictarlos profesorxs suplentes, lxs diplomadxs universitarixs, nacionales o extranjerxs o personas de competencia reconocida. El Consejo Superior decidió destinar un presupuesto anual para fomentar el desarrollo de esos espacios y los trabajos de investigación científicas. (Vidal, 2005).

Pos Reforma Universitaria, Pablo Cabrera fue convocado por la Universidad de Córdoba a dictar la Cátedra Libre sobre “Etnografía Argentina” en 1925, y en paralelo el médico bonaerense Ariosto Licurzi (1890-¿?) “Antropología” con un perfil de lo que hoy conocemos como Bioantropología (Zabala, 2010).

Córdoba estaba yendo al ritmo de todos los cambios que en la ciencia se estaban dando en otras partes del mundo, se incorporaba la Antropología al conjunto de las disciplinas científicas, pero, fundamentalmente, fue innovadora en la concreción de la Reforma Universitaria, que tuvo un gran impacto mundial.

 

Historia de “nuestra” casa y sus residentes

Hacia finales de la primera década del siglo XX el abogado Jesús Vaca Narvaja construyó, en la segunda cuadra de la entonces avenida Argentina (hoy Av. Hipólito Yrigoyen), la vivienda que albergaría a su familia entre 1910[1] y 1917, y en la cual también desarrollaría su actividad profesional tal como aparece en una guía social de la época[2]. Jesús Vaca Narvaja se casó con Elcira Morra Bas[3], hija del comerciante italiano Juan Morra, quién tenía una casa de ramos generales en la ciudad[4]. Tuvieron siete hijxs, Elcira Eugenia, Jorge Antonio, Julio Alfredo del Río, Estela, Hugo, María del Carmen y Raúl: sólo lxs tres primerxs habitaron desde su nacimiento en la casa[5].

Además, de la actividad jurídica militó en la Unión Nacional hasta 1912, año en que se afilió al radicalismo, siendo candidato a gobernador de la provincia al año siguiente en la fórmula Jesús Vaca Narvaja – Amenabar Peralta. Los resultados de las elecciones le fueron desfavorables por escaso margen de diferencia (Moyano, 1997:108-112). Años más tarde, fue electo diputado nacional razón por la cual se mudó, junto a su familia a la ciudad de Buenos Aires, y en ese momento vendió la casa a Manuel Rey. La muerte de Jesús se produjo en Buenos Aires en el año 1927, a la edad de 47 años, como consecuencia de una apendicitis mal diagnosticada. A la fecha desempeñaba el cargo de presidente del Banco Hipotecario[6].

El siguiente propietario de la vivienda, Manuel Rey, era inmigrante español (oriundo de Marín, región de Pontevedra) y destacado comerciante mayorista importador de la ciudad de Córdoba. Tras su llegada a principios de la década de 1880 se incorporó como aprendiz en la firma “R. Martínez y cía.” y en pocos años pasó de empleado a socio, siendo hasta la década del veinte el continuador principal de la firma. Con la conformación de la sociedad el almacén de ramos generales pasó a denominarse “Martínez, Rey y cía.”.

La firma operaba en dos grandes rubros: almacén y bebidas (incluía ferretería, maquinaria, combustibles, mercería y librería) y tienda (ropería, mercería, venta de telas y confección de prendas); y se abastecía directamente con proveedorxs extranjerxs (francesxs, alemanxs, estadounidensxs, paraguayxs) y nacionales (Valdemarca, 1998:211-235).

La guía comercial de 1921 registraba en la ciudad de Córdoba el domicilio particular de Manuel Rey en Av. Argentina 174 (hoy Avenida Hipólito Yrigoyen) y San Luis 88 (la otra entrada de la casa), e indicaba que su número de teléfono era 2169; y su domicilio comercial se ubicaba en la calle Corrientes 41[7]. También era propietario de una casa quinta localizada en las afueras de la ciudad, kilómetro 6 camino a Los Molinos[8].

Manuel contrajo matrimonio con Luisa Minuzzi en la década de 1890. De esta unión nacieron Elena, Salvador y Manuel. Pese a que Manuel tuvo dos hijos, el apellido Rey se pierde porque Elena se casa con su primo, Pedro Minuzzi; Salvador no tuvo descendientes y Manuel (hijo) murió muy joven[9].

A partir de los recuerdos de Luisa Minuzzi[10] (nieta de Rey, hija mayor de Elena) podemos suponer que éste fue quien le dio el estilo arquitectónico que hoy tiene la casa. El amoblamiento de las salas principales fue realizado en carpintería de Mochkofsky y Cía., llamada El Estilo, ubicada en la calle San Jerónimo 171 al 179[11]. Los muebles fueron diseñados para que se adaptara a las molduras de los muros. De los dichos de Luisa también se deduce, que la marquesina de su puerta principal la hizo colocar su abuelo.


[1]Archivo Histórico Municipal, Obras Sanitarias, Legajo 4660.

[2] Instituto de Estudios Americanistas, Guía social de Córdoba. Hojas de Plata, primera edición, 1912.

[3]Archivo del Arzobispado de Córdoba (AAC), Actas matrimoniales, tomo 14, 1899-1905, f. 360, 4 de mayo de 1904.

[4]Entrevista a Estela Vaca Narvaja, mayo 2001.

[5]AAC, Actas de Bautismo, tomo 65 (1905-1906), f. 398 y f. 497, tomo 67 (1909-1910), f. 151. Entrevista a Estela Vaca Narvaja, mayo 2001.

[6]Entrevista a Estela Vaca Narvaja, mayo 2001.

[7]IEA, Guía de Córdoba 1921Descriptiva y Comercial, tercera edición, Córdoba.

[8]Esta propiedad permanece en manos de los descendientes de Manuel Rey, cita en Av. Vélez Sarsfield 4387.

[9]Entrevista a María Rosa Revelli, amiga de la infancia de Luisa Minuzzi (nieta de Manuel Rey); setiembre 2001.

[10]Entrevistas a Luisa Minuzzi, noviembre 2000-julio 2001.

[11]Los datos de la ubicación y nombre de la mueblería fueron brindados por María Rosa.

Los reveses económicos que afectaron a los negocios de Manuel Rey durante la crisis de 1930, obligaron a la familia a decidir entre la venta de la casa de la ciudad y la casa quinta. Luisa (la esposa) eligió como nueva residencia de la familia la casa quinta, por lo tanto, se vendió la casa de Av. Argentina.

La casa fue adquirida por un productor agrícola de Laguna Larga, Antonio Sagués y su esposa Olga, quienes la adquieren como un capital más en tiempos de bonanzas económicas para el sector exportador. Actualmente en el Museo de Antropología se encuentran exhibidas fotografías que retratan la vida de la familia Sagués en la Sala Patrimonio Cultural contando el uso del edificio como vivienda familiar y las características sociales de la época.

En 1944 la casa es vendida a Felipe Ferraro. Era inmigrante siciliano, arribó a Córdoba el 23 de febrero de 1911[1]. Participó activamente en la vida de la comunidad italiana llegando a dirigir la “Unione e Fratellanza” y en este espacio conoció a su esposa Josefina Carolina María Bonino. El oficio de Felipe era el de sastre y el de su esposa el de pantalonera. Ambos poseyeron una importante y conocida sastrería, en la calle San Martín a metros del cabildo[2].

Dicho matrimonio tuvo cuatro hijos Rafael Segundo, Elsa Marta, Felipe Alberto y Orlando Roberto[3]. Además del matrimonio y lxs hijxs vivieron en la casa dos hermanas de Josefina y la familia de Orlando cuando se casó con Graciela Nilda Pérez Seguí[4].

La familia Ferraro conserva gratos recuerdos de la casa. El hijo mayor, Rafael, evoca vívidamente el esplendor de la casa en su momento, las molduras, el color de los muros, los muebles empotrados, el piano vertical ubicado en el living, la fastuosa mesa del comedor para doce comensales, las pesadas cortinas, las lámparas, la imponente estatua de bronce que adornaba el descanso de la escalera. Los lugares de la casa que menciona nostalgiosamente son, por ejemplo, su primer estudio, la cocina refaccionada por su padre, la suite de sus progenitorxs. Del mismo modo, el nieto Orlando recuerda las fiestas familiares y sociales realizadas en las salas principales de la casa, los juegos infantiles en la calle San Luis, las tardes de esparcimiento junto a sus amigxs en el cercano Parque Sarmiento. Un hecho que rememora especialmente es la interrupción de la tranquilidad característica del barrio, a causa de la remodelación nocturna de la Plaza Vélez Sarsfield y del desvío del tráfico vehicular del centro hacia la Av. Yrigoyen, que esta posibilitó.

La casa fue escenario de destacados eventos familiares, entre ellos el casamiento de Orlando y Graciela, la comunión del nieto Orlando y los ochenta años de doña Josefina. Asimismo, fue testigo de la enfermedad de don Felipe, de su fallecimiento y del velatorio de sus restos, aproximadamente en el año 1969. Ésta fue la causa que condujo a su viuda e hijxs a decidir la venta de la casa a finales de 1971.

Frente a una licitación de la Universidad Nacional de Córdoba para la compra de un inmueble, esta propiedad fue ofrecida junto a la residencia vecina. De este modo, la adquirió la universidad, dejando de ser la casa residencia familiar.

La primera dependencia de dicha casa de estudios que se radicó aquí fue el Anexo de la Escuela de Lenguas, y en el año 1975, en su lugar comenzó a funcionar la Escuela de Archiveros, dirigida por el profesor Aurelio Tanodi. Para la fecha, el Gobierno Argentino y la Universidad de Córdoba firmaron un convenio con la Organización de Estados Americanos (OEA) destinado a desarrollar una institución dedicada a la investigación y la formación de personal para los archivos, así comenzó a funcionar conjuntamente la escuela y el Centro Iberoamericano de Desarrollo de Archivos (CIDA). En la década del ochenta, la institución cambió su nombre por el de Centro de Investigación y Formación de Archiveros. Durante estos años, además de lxs docentes locales, fueron invitadxs profesorxs extranjerxs que dictaron cursos de capacitación archivística a alumnxs argentinxs y de otros países latinoamericanos. También, el centro brindaba becas para perfeccionamiento en el exterior a sus docentes. Para la difusión de sus actividades y de los resultados de sus investigaciones, la institución contaba con una publicación bianual, titulada Boletín Interamericano de Archivos[5].

A principios de los años noventa, al enfermar su principal impulsor, Aurelio Tanodi, el Centro deja de funcionar, y continúa albergando a la Escuela de Archiveros hasta el año 2000, año en que la propiedad fue transferida para el funcionamiento del Museo de Antropología.


[1]Entrevista a Orlando Ferraro, nieto de Felipe, abril 2001.

[2]Ibídem.

[3]Oferta para la licitación destinada a la adquisición de un inmueble por la Universidad Nacional de Córdoba, 25 de octubre de 1971, y Escritura de compra-venta, Córdoba, 6 de marzo 1972. Copias facilitadas por Dirección de Patrimonio de la UNC.

[4]Entrevista a Orlando Ferrero, nieto de Felipe, abril 2001.

[5]Entrevista a la Dra. BrankaTanodi, hija de Aurelio Tanodi, marzo 2001.

 

A modo de conclusión

La Casa como tejido que abrigó y abriga, y cofre que guardó y guarda, diversos personajes e historias, nos permitió “revivir” el proceso de conformación de la Córdoba moderna, desde su paisaje urbano hasta la delimitación de los ámbitos de vida pública y privada. El emplazamiento de la vivienda en la Ciudad Nueva denotaría la prosecución de los principios modernizadores y la búsqueda de distinción social por parte de esas familias de lxs habitantes de la ciudad vieja y de otros barrios.

El conocimiento científico fue uno de los valores en boga en el momento de trazado del barrio y de edificación de la casa. Significativamente, a partir de la década de 1970, se produjo un cambio en la función de la casa que marcó una nueva relación con la producción científica. Dejó de ser residencia de una familia y pasó a albergar a distintas instituciones de la comunidad universitaria.

Actualmente, la casa alberga al Museo de Antropología de la Facultad de Filosofía y Humanidades de esta universidad, y a la Unidad Ejecutora de CONICET, el Instituto de Antropología de Córdoba (IDACOR).

Dra. Mariela Eleonora Zabala

Museo de Antropología- IDACOR – Departamento de Antropología, FFyH, UNC

Dra. Élida María Tedesco

Facultad de Ciencias Sociales y Humanas – UASLP

 

Autoría

El primer escrito constituyó un insumo fundamental para el guion de la Sala “Patrimonio Cultural”, parte de la muestra que se inauguró el 13 de septiembre de 2002, y las autoras fuimos Élida María Tedesco y Mariela Eleonora Zabala. En aquellos tiempos el Museo era parte del Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, hasta que fue aprobado su Reglamento por el Honorable Consejo Superior Exp. 12/02/24545. En esos años éramos adscriptas al Proyecto del Museo de Antropología.

Luego el texto ha sido reescrito ante la necesidad de poner a disposición la “historia de la casa” por el pedido continuo de estudiantes y visitantes del museo de más información al respecto. Esta tarea estuvo a cargo de Mariela Zabala.

Agradecimientos

Queremos expresar nuestra gratitud a todos los que hicieron memoria para esta indagación y nos abrieron las puertas de sus casas: Estela Vaca Narvaja, Branka Tanodi, Orlando Tanodi, María Rosa Revelli y Luisa Minuzzi.

A Mirta Bonnin que en aquellos años de juventud me enseñó qué era un guión museológico y me enamoró de la museología. También porque me enseñó que los historiadores podíamos tener lugar de trabajo en los museos. A Andrés Laguens y Cristina Boixados por las lecturas atentas.

 

10 de diciembre de 2019