- Noticias / “Nuestras oportunidades en el mercado de trabajo son indisociables de las tareas de cuidado”
8M Día Internacional de la Mujer Trabajadora
“Nuestras oportunidades en el mercado de trabajo son indisociables de las tareas de cuidado”
En el marco de un nuevo 8M, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, dialogamos con la investigadora Victoria Perissinotti para reflexionar sobre la relación entre el mundo del trabajo y las tareas de cuidado, en un contexto marcado por la reciente reforma laboral en Argentina.
Compartir en
redes sociales
A partir de su investigación sobre economías populares en Córdoba, la antropóloga Victoria Perissinotti analiza el modo en que las transformaciones en el mundo laboral —como la flexibilización de las jornadas laborales— impactan de manera diferencial en la vida de las mujeres y feminidades, quienes históricamente han asumido la mayor parte de las responsabilidades domésticas.
Desde la antropología es posible aportar conocimiento situado sobre cómo estas desigualdades se presentan en la vida cotidiana y contribuir a repensar políticas laborales que consideren la interdependencia entre el trabajo productivo y la organización del cuidado.
¿Por qué es importante observar el mercado de trabajo desde una perspectiva de género, considerando la reciente reforma laboral en Argentina?
Si miramos la reforma laboral desde una perspectiva de género y pensamos cómo afecta específicamente a las mujeres, creo que lo primero que está a la vista es la cuestión del banco de horas. Esta modificación elimina la idea de una jornada laboral precisa y regular, de manera que un día se trabajan cuatro horas y otro día ocho, aunque siempre haya que cumplir un total de horas semanales. Esta variabilidad reduce muchísimo nuestros ya estrechos márgenes para organizar y planificar las tareas de cuidado.
Entonces, ¿cómo vamos a organizar nuestra vida familiar si, por ejemplo, un día podemos llevar a los chicos al colegio y al día siguiente no? O si no sabemos con anticipación cuándo vamos a poder estar en casa y cuándo vamos a tener que garantizar el cuidado por otros medios.
Esto afecta especialmente a las mujeres porque, recordemos, somos mayoritariamente nosotras quienes nos hacemos cargo de las tareas de cuidado. De hecho, desde nuestro equipo –Núcleo de Antropología en Economía Política– venimos observando cómo las responsabilidades del ámbito doméstico modelan y acotan nuestras posibilidades laborales. Nuestras oportunidades en el mercado de trabajo son indisociables de esas responsabilidades de cuidado.
Si no tenemos la posibilidad de planificar una jornada regular porque esa jornada puede ir variando, lo que probablemente termine ocurriendo es que las mujeres quedemos en una posición aún más vulnerable. Nuestras posibilidades reales de acceso al mercado laboral pueden verse cada vez más limitadas a trabajos más precarios, intermitentes o de tiempo parcial, porque no vamos a poder cumplir con este requerimiento de horarios cambiantes.
¿Por qué las tareas de cuidado no se ponen en valor o se consideran cuando se discute sobre trabajo?
Lo que pasa con las tareas de cuidado es que siguen estando desvalorizadas en nuestras sociedades porque vivimos en una sociedad que sigue siendo profundamente patriarcal y androcéntrica. ¿Qué quiere decir esto? Porque sé que son palabras que en algunos sectores generan cierta antipatía, pero justamente son esos sectores con los que me interesa discutir.
Quiere decir que vivimos en sociedades en donde la experiencia “masculina”, es decir, aquellas experiencias que han sido construidas como masculinas, se han establecido como la norma, como lo valioso, como la medida de todas las cosas. Y desde ahí, desde esa experiencia masculina, masculinizada, como medida de lo que vale, de lo que importa, lo “femenino”, es decir, aquellas experiencias que han sido construidas como femeninas, aparecen como algo menos valioso, menos importante, algo que vale menos.
En esta visión, lo masculino aparece asociado al trabajo productivo por fuera del hogar, a lo público, a la economía con mayúscula, al salario. Y lo femenino, en cambio, aparece asociado a la reproducción, al ámbito doméstico, a lo privado. Si la experiencia masculina es entendida como la medida de lo que vale, entonces las tareas de cuidado quedan relegadas como algo de menor valor, de menor importancia. Incluso muchas veces se reducen a algo “natural”, a la naturaleza.
Yo sé que estoy esquematizando un poco. También sé que podemos decir que eso hoy ya no existe exactamente de esa manera, que las mujeres no estamos confinadas al hogar, y eso es cierto. Pero también es cierto que este sentido común se sigue colando muchas veces en nuestra forma de ver el mundo, en la forma en que hemos sido criadas. Forma parte justamente de un sentido común sedimentado, que sigue operando muchas veces en nuestras prácticas cotidianas.
Si no, pensemos en las mujeres que tienen hijos o niñas y niños a su alrededor: ¿quiénes se ocupan mayoritariamente de esos niños? ¿Quiénes se ocupan mayoritariamente de preparar las mochilas, de llevarlos al médico cuando se enferman, de hacerles de comer? En esa división sexual del trabajo, las mujeres seguimos cargando con muchas más tareas vinculadas a lo reproductivo y al cuidado que los varones. Y esas tareas, a pesar de ser fundamentales, son socialmente menos reconocidas y valoradas.
Algunas pensadoras feministas hablan de “estrabismo productivista”, una idea que me parece muy interesante. Con eso se refieren a una especie de sentido común que tiende a reducir lo económico, lo que vale, a la producción y al salario. Y en esa relación, la reproducción y las tareas de cuidado quedan ubicadas en un lugar de menor valor.
¿Cuál es el aporte que se puede hacer desde la antropología para que esto se tenga en cuenta en la discusión pública?
Yo creo que, en primer lugar, llevando estos temas a la discusión pública. Hablar de estas cuestiones, que además actualmente son cada vez más espinosas, son palabras y debates que a muchos actores les generan cada vez más antipatía. Y, sin embargo, me parece que ponerlos en discusión pública es ya un aporte que podemos hacer.
También podemos generar conocimiento preciso, situado y de primera mano sobre cómo ocurre esto en la vida cotidiana de las personas: cómo esta división sexual del trabajo se expresa en sus vidas, qué implicancias tiene, cómo lo viven las personas, qué consecuencias tiene a nivel vital y en sus experiencias.
Por otro lado, creo que también podemos aportar si seguimos insistiendo en que no podemos pensar el ámbito laboral o el mercado de trabajo como una esfera autónoma, separada del resto de la vida, sino justamente como una dimensión que está inserta en ella.
Esto quiere decir que, para imaginar mejores políticas laborales y mejores políticas de inclusión laboral, necesitamos pensarlas en relación con las tareas de cuidado y las esferas reproductivas. Los requerimientos de la reproducción y del cuidado son parte de las condiciones de posibilidad, o de imposibilidad y dificultad, para sostener formas de inserción en el ámbito productivo y laboral, sobre todo para las mujeres.
Entonces, un aporte que creo que podemos hacer es pensar qué relaciones e interdependencias existen entre los espacios reproductivos y de cuidado, las dinámicas familiares y las dinámicas laborales, así como entre las posibilidades de inserción laboral y las responsabilidades de cuidado. Y también imaginar mejores formas de conciliar una cosa con la otra, pensando en cómo mejorar, en definitiva, nuestra calidad de vida.
Un mercado laboral que no considera o valora las tareas de cuidado tiene, como explicabas, un efecto en la experiencia vital de las personas, y de manera diferenciada en la de las mujeres. Y en un plano público, ¿qué efectos tiene para una comunidad que las mujeres participen menos del mercado laboral, de la vida política o, yendo al ámbito en el que estamos, de las instituciones científicas?
Bueno, en primer lugar, creo que el primer efecto es que creamos sociedades más desiguales. Si las mujeres participamos menos en el mercado laboral, en la vida política o en las instituciones científicas, entonces estamos construyendo sociedades más desiguales y acrecentando desigualdades que ya existen.
Y, en segundo lugar, pienso también que nos perdemos de una enorme riqueza: la riqueza que proviene de la multiplicidad de puntos de vista y de la multiplicidad de experiencias.
Si las mujeres tenemos más dificultades para entrar en esos mundos —el mundo laboral, el político o el científico—, entonces esos espacios también se pierden de esa vitalidad, de esa diversidad y de esa riqueza que surge de la multiplicidad de miradas y experiencias.

Entrevista: Belén Nocioni y Ana Piovano - Área de Comunicación IDACOR.