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Trabajo de campo #10
Formas de la memoria: en las calles y en las redes
A 50 años del Golpe de Estado, conversamos con el antropólogo Gaspar Laguens sobre su trabajo de campo en Sitios de Memoria de Córdoba y espacios de DDHH, y su expansión hacia el mundo digital.
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Gaspar Laguens es becario doctoral del CONICET en el Instituto de Antropología de Córdoba (IDACOR). Su investigación hace foco en las materialidades, territorios y procesos de memoria sobre el pasado reciente. En los últimos años, su etnografía se expandió desde los Sitios de Memoria y organizaciones de DDHH hacia el mundo digital, donde encontró un campo de observación significativo para comprender cómo se actualizan las disputas por la memoria y las narrativas que circulan sobre la última dictadura cívico- militar en Argentina, frente al reclamo histórico de Memoria, Verdad y Justicia.
¿A dónde se sitúa tu trabajo de campo, en qué espacio y/o con qué comunidades?
Mi trabajo de campo se sitúa en la provincia de Córdoba, con dos escalas que fui articulando a lo largo del proceso. La primera es local: la ciudad de Unquillo, donde trabajo con el Colectivo por la Memoria de Unquillo, un grupo de vecinos y vecinas que desde 2011 lleva adelante acciones para transformar la ex Comisaría —un antiguo Centro Clandestino de Detención conocido como "la escuelita"— en un Sitio de Memoria. La segunda escala es provincial: la Mesa de Trabajo por los DDHH de Córdoba, una red de organizaciones de distintos puntos de la provincia que nuclea representantes de localidades tan diversas como Deán Funes, Marcos Juárez, Villa María, Río Cuarto y muchas otras. Esta ampliación no fue planificada de antemano, sino que emergió del propio campo: fui siguiendo los vínculos y las redes que las personas construían, y eso me llevó, inevitablemente, a los grupos de WhatsApp, las reuniones por Zoom y las cuentas de Instagram como nuevos espacios donde también se produce y disputa la memoria.

¿Cuál es el tema de investigación o lo que te interesa abordar en ese campo?
Mi punto de partida fue entender cómo se producen las memorias del pasado reciente en escala local, lejos de los sitios "consagrados" de la provincia. Unquillo, con su ex Comisaría y el Colectivo que lleva más de una década intentando transformarla en Sitio de Memoria, era el caso perfecto para preguntarme qué rol juegan las materialidades —paredes, objetos, marcas en el territorio— en esos procesos. Pero el campo me llevó a otro lugar que no había anticipado.
Cuando llegué, muchos colectivos locales estaban erosionados por la pandemia: habían perdido integrantes, ritmo, presencialidad. Y sin embargo, en paralelo sucedía algo que yo no estaba viendo: una red provincial que se había ampliado territorialmente gracias, precisamente, a la virtualidad obligada. Como me dijo uno de mis interlocutores, coordinador de la Mesa Provincial: "la pandemia nos sacó de la calle, pero desde lo virtual nos pudimos ampliar territorialmente. Tenemos una mesa más federal." Eso reorientó mi mirada hacia las prácticas mediáticas digitales y los sentidos que adquieren en estos procesos, esa zona difusa donde lo virtual y la calle se retroalimentan: decisiones tomadas en un grupo de WhatsApp que terminan materializadas en una bandera, un mural o un pañuelo en una plaza. En definitiva, me sigue interesando lo mismo que al principio: cómo se construye memoria colectiva y qué formas materiales adopta. Solo que ahora esas formas también son digitales.

¿Qué pudiste observar como particularidad del proceso de construcción de memorias en el mundo digital/virtual? ¿Nuevos o distintos elementos se ponen en juego online?
Observo que hay varias capas de sentido en estos procesos mediados digitalmente. Por un lado, están las representaciones que genera la virtualidad en las personas que históricamente ponen el cuerpo como medio de militancia: esa certeza de que lo virtual despersonaliza y, sobre todo, desmoviliza. Así, muchas veces la virtualidad es vista y nombrada como un factor desmovilizante. La lógica imperante es que hoy, desde el celular y sentado en tu casa, podés ser parte de una reunión, opinar y discutir, pero luego en la calle somos muchos menos.
Por otro lado, hay un cambio relevante en el alcance territorial y en las posibilidades de articulación y coordinación que habilita lo virtual. La mediatización digital permite contactos sin límites geográficos, lo que da lugar a coordinaciones que antes resultaban imposibles de imaginar: territorios distantes comparten agenda, objetivos y prácticas a través de las herramientas que otorga lo digital. Eso trae fortalezas concretas para la lucha, aunque el desafío sigue siendo cómo se capitaliza ese potencial de manera explícita.
En ese marco, también se observa una dimensión de traspaso generacional particularmente activa en el espacio digital: son las generaciones más jóvenes quienes muchas veces protagonizan la circulación de memorias en redes, resignificando consignas históricas, produciendo contenidos propios y estableciendo puentes entre la historia reciente y sus propias experiencias presentes. Esto abre tensiones pero también posibilidades inéditas para la transmisión de la memoria.

A 50 años del golpe de Estado, ¿qué momento creés que atraviesa la disputa por la memoria?
Creo que la disputa por la memoria está en un momento bisagra desde hace ya varios años. En una reunión en el marco de mi trabajo de campo, alguien señaló que con la victoria de Mauricio Macri en 2015 se había abierto el debate entre profundizar o resistir, y que había ganado el resistir; y que eso terminó convirtiendo a la memoria en un mármol: rígida, dura y estática.
Esa crisis hoy tensiona fuertemente hacia adentro a las organizaciones protagonistas de estas luchas, frente a un gobierno que apuesta por revivir la teoría de los dos demonios, deslegitimando la lucha y asociando los derechos humanos a un "curro" de un partido político particular.
El desafío central está en romper el cerco y hacer llegar la memoria y la verdad histórica a muchas más personas, sobre todo a las nuevas generaciones. Y allí, el espacio digital y las redes sociales se vuelven protagonistas y trascendentales. En ese sentido, el traspaso generacional que se opera en las redes —donde jóvenes que no vivieron la dictadura la hacen propia, la nombran y la disputan en sus propios términos— es uno de los fenómenos más significativos de este momento. Creo que se tomó nota de eso y la disputa comienza a darse con más fuerza, aunque con un rezago lógico que proviene de ciertos prejuicios que antagonizan entre lo virtual online y la calle offline. Hoy esa distinción, en los hechos, se ha esfumado.

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Por: Belén Nocioni - Área de Comunicación IDACOR (CONICET- UNC).